lunes, 7 de marzo de 2011

Violetas


Caminaba con la vista perdida, no había necesidad de mirar, había memorizado el camino. Parecía pensativo, parecía pensar  en algo realmente demandante, parecía ensimismado, ausente.
Se percató de que quienes pasaban a su lado  lo miraban de manera extraña, si es que a eso se le podía  llamar mirar. Y cómo no, si parecía de otro planeta, y los terrestres sólo acostumbran ver terrestres caminando por las aceras. Hasta el a veces cuando lograba salir de su impavidez se sentía diferente. Saltó, le daba la sensación de que si lo hacía volvería a sentirse en su cuerpo. Habló ronco, le pareció que así despertaría al ser humano que creía llevar dentro, en alguna parte. Pero nada funcionó. Así siguió el resto del día. Tomó el metro, tenía que llegar a tiempo, y comprar flores por el camino. Otra vez tuvo la impresión de que todos lo miraban, y ahora con más atención. Esta vez decidió hablarle a una de las tantas personas que había allí. Le habló a una viejecilla que iba sentada a su lado, parecía amable.
-Disculpe, ¿Por qué todos me miran?.  La viejecilla, que lo miraba con la vista inmóvil, no contestó, volteó la cabeza. El insistió. - Disculpe, ¡Hola, hola! (aleteaba las manos). La viejecilla no se inmutó. Dejó pasar un rato, pero la situación no cambió, empeoró. Seguían todos mirándolo y no mirándolo a la vez.  Volvió a intentarlo, repitió las mismas palabras a  todas las personas que se encontraban a una distancia prudente de él, pero ninguno hizo más que la viejecilla. A excepción de una niña que no dijo nada, pero lo miró diferente, tuvo la impresión de que ella estuvo a punto de responder a su pregunta, pero en el instante en que sus labios se abrían para articular un vocablo,  su madre la jaló fuerte del brazo, debían bajar.
No entendía que sucedía, y la única persona que tenía algo que decirle acababa de abandonar el metro. Rendido dejó caer su cuerpo con todo su peso en el asiento y bajó en su estación. Compró flores, y siguió su camino otra vez con la vista gacha, iba como dejándose llevar, no le importaban los semáforos, ni las palomas, ni la gente, ni el viento, nada era un obstáculo en su camino (esto no lo notó).
Fue ahí, mientras caminaba que se dio cuenta que había olvidado cual era su destino y convencido pensó:
-La gente dice que cuando se olvida algo, volviendo atrás se puede recordar.-
Eso hizo, tomó el metro de vuelta y volvió a su departamento por el mismo camino que había venido.
Saludó al conserje, éste  lo ignoró, lo que a estas alturas no le sorprendió. Debía llegar al noveno piso. Subió lentamente, creyendo recordar en cada próxima pisada, hasta que llegó la pisada gloriosa. Fue en la pisada número 30 que sintió ese peculiar placer de recordar lo olvidado. Pero en fracción de segundo abruptamente se extinguió el placer y sintió como se le apretó el pecho y se heló todo su cuerpo. Inspiró profundo tragando todo el polvo a su alrededor y pensó:
 - Tal vez rehaciendo el camino de ida se pueda olvidar.-
Lo intentó, hizo el mismo camino, pero no pudo olvidar. Así, llegó frente a su tumba, dejó las violetas, y se perdió entre la húmeda atmósfera.

domingo, 27 de febrero de 2011

Dos negritas al unísono


Mi sombra no es más que cualquier anónima, una completa desconocida que se cuelga de mis zapatos, una intrusa sin escrúpulos, una loca egoísta, sin apodo, sin peinado, sin vestidos, una sombra en devenir otra. Los días nublados cuentan a mi favor… Pero que ventaja tan  inútil si siempre asecha un rayo de luz a la vuelta de la esquina, un sol todo poderoso que le vuelve a dar vida, que placer tan efímero, tan poco probable.
Siempre en el límite de la multiplicidad, siempre en el borde, siempre en la orilla. Cuando al fin seas, no querré separarme nunca más de ti… O tal vez me preguntaré por  qué haberlo esperado tanto, y añoraré los tiempos en que huías de lo definitivo, añoraré los días soleados en que solías sorprenderme.